jueves, 20 de octubre de 2016

Arcoíris (cuento original)

Hola compañeros, en esta ocasión les quiero compartir un cuento de creación propia que hice para una actividad de la preparatoria, espero les guste y lo disfruten tanto como yo al crearlo.



          En un frío bosque opacado por las inmensas nubes, dos fuerzas opuestas están frente a frente. Tal como lo marca el estándar, hay una figura brillante y natural; y otra oscura y sombría.
        —No tengo que darte explicaciones. Ya me voy— dijo Iride caminando con rapidez.
        —Hagas lo que hagas, siempre te encontraré —dijo Emerick mirando detenidamente su brillante guitarra negra.
          —No es cierto —dijo ella deteniéndose—, puedo huir cuando yo quiera. 
          —¿Me retas?miró a Iride y ella le devolvió el gestoVamos a hacer algo, empieza a correr, anda, corre. Te daré media hora de ventaja, si en ese tiempo no hago que vuelvas, eres libre.
Iride sospechaba sobre el desafío de Emerick pero, a la vez, la idea de ser libre le parecía sumamente atractiva, después de todo, había estado dentro de los majestuosos castillos de Emerick durante casi toda su vida. Ella había sido su muñeca, siempre con elegantes vestidos, siempre con nuevos zapatos, siempre con brillantes joyas, siempre con un precioso cabello, siempre hermosa, siempre perfecta, siempre fragante, siempre estática, siempre solitaria, siempre encerrada, siempre aburrida, siempre igual. Iride estaba harta de su insoportable situación y tembló de emoción al imaginar que por fin podría echarle en cara a Emerick que lo había derrotado en su propio juego.
          —Acepto —respondió confiadamente sintiendo como su corazón aceleraba haciéndola sonreír de emoción.
          Emerick sacó su chispeante reloj de bolsillo y examinó la hora con una leve mirada.
          —Cuando tú quieras.
          Y así, ella le lanzó una última mirada de desprecio a Emerick como quien mira por última vez una gorda cucaracha saliendo de un insalubre rincón antes de ser aplastada y escuchar con regocijo cómo cruje. Miró la ropa totalmente negra que vestía Emerick; su sombrero de copa con plumas negras y su opaco cabello lacio que parecía una gran cascada de tinta deslumbrante cayendo sobre la parte derecha de su cara y sobre su espalda; haciendo contrastar su pálida piel, mientras sus blancos dedos acariciaban los costados de su preciada guitarra.           

          Iride comenzó a correr con sus brillantes zapatos que se hacían menos brillantes a cada paso y, al mismo tiempo, empezó a cambiar de dirección en incontables ocasiones; de inmediato, sus claros ojos buscaron cómo crear un complicado laberinto entre el escenario casi repetitivo del bosque para nunca ser encontrada. Pensando en la expresión que tendría Emerick cuando ella ganara, aumentó su velocidad y se perdió entre las altas montañas. Ella quería huir de su oscura figura, de su molesta guitarra que ya parecía ser un miembro extra de su cuerpo; que nunca dejaba de sonar, que siempre resplandecía incómodamente a pesar de ser tocada a cada momento con unas cuerdas muy fuertes que agonizaban armoniosamente cada vez que él pasaba sus dedos por ellas. Iride estaba tan cansada del sonido dolorosamente asfixiante de su instrumento, que lo menos que podía hacer era huir con todas las fuerzas de su frágil cuerpo. Trató de correr aún más rápido aunque tuviera puesto el fino vestido blanco que Emerick le había regalado esa mañana; un vestido hecho con una cálida tela que mantenía protegida su delicada piel del frío; con un listón en forma de moño en su cuello y hombreras que estaban empapadas de un dulce perfume. Ella entró en el lugar más oscuro que el bosque pudiera ofrecer sin importarle que su hermosa prenda se maltratara o se ensuciara. Naturalmente, no le hacía caso a los límites de su cuerpo y a veces tropezaba cayendo contra sus desnudas rodillas ensuciándose inevitablemente, pero se levantaba de inmediato sin hacerle caso al instantáneo dolor y sin quitarse la mugre. Corrió por caminos llenos de encumbrados árboles; sintiendo cómo un fuerte olor a menta se inyectaba en sus pulmones; escuchando cómo las aves volaban al escuchar sus desesperados pasos; pisando hojas húmedas y rompiendo ramas que se atravesaban por su camino.

          Cambió de dirección velozmente y sentía que su corazón estaba por estallar dentro de su cuerpo al mismo tiempo que sentía cómo la temperatura de su piel incrementaba cruelmente, obligándola a detenerse, pero no lo hizo. Solamente pasó su limpia manga por su cara, secando su sudor, quitándose toscamente el oscuro maquillaje de sus ojos y manchando la fina tela.
          Los treinta minutos ya iban a terminar, Iride había recorrido tanto que ya estaba cerca de la gran secuencia de puntos coloridos que ofrecía la ciudad y sus ojos se llenaron con lágrimas de alegría al pensar que ella ya había ganado. Siguió corriendo hasta casi volar, ya se podía ver a ella misma desmayándose con un gran sentimiento de alegría, sintiendo cómo sus piernas agonizarían; su maquillaje parecería una fatal mezcla de acuarela; su cara estaría empapada de tibia transpiración y todo el aire del universo sería insuficiente para ella, pero finalmente sería libre. En su mente visualizó con asombroso realismo cómo llegaría desfalleciendo a la cuidad, caería sobre el duro asfalto con sus rodillas sangrando, su cuerpo tiritando, sus manos estarían llenas de astillas, su vestido quedaría inservible y la sangre de sus venas lucharía por abrirse paso entre su agotado cuerpo; la gente se acercaría después de que un asombrado automovilista frenara peligrosamente cerca de ella y la mirarían con curiosidad. Después alguien llamaría a una ambulancia, la subirían a ella estando más muerta que viva, quizá tendría abultadas cicatrices en sus piernas y no tendría ningún lugar a donde ir; no tendría absolutamente nada, pero ciertamente sería libre.           

          Mientras tanto, Emerick se encontraba en el mismo lugar donde se había encontrado con Iride. No se había movido ni un centímetro desde que Iride inició su decisivo escape. Él se encontraba coaligado a su guitarra, tocando una balada muy rítmica apreciando la música y la sensación de las vibrantes cuerdas con sus ágiles dedos. En un determinado momento, y luego de apreciar una vez más el lujoso clavijero de su instrumento, sacó su reloj, e inmediatamente después de mirar la hora, en su metódica cara se grabó una notable sonrisa. Se levantó y dejó de tocar. Tomó su guitarra con la mano izquierda y, alzando su brazo derecho, cerró un poco el puño de una manera cortante; como si sostuviera algo en el aire y justo en ese momento, Iride tropezó. Cayó desgarradoramente, golpeando su despintada cara secamente contra la sucia tierra. Ella sintió como su tobillo estaba fuertemente ceñido, entendió lo que sucedía y lloró, supo que había perdido y sintió cómo unas afiladas garras prensaban su pecho dificultándole respirar. Observó cómo su ropa estaba hecha jirones y manchada con resina. Sus piernas estaban cubiertas con moretones y heridas que sangraban; además éstas se habían cubierto de lodo dándoles una apariencia nauseabunda. Sintió cómo el golpe de su cara palpitaba de dolor pero trató de avanzar clavando sus cuidadas uñas en la tierra llena de gruesos gusanos que se arrastraban sin rumbo fijo, aplastando unos cuantos que llenaron sus uñas de líquidos de diversos colores enfermizos. Tiempo después, es arrastrada muy despacio sintiendo cómo había fallado humillantemente y se había esforzado inútilmente, hasta que se levantó y caminó sintiendo languidez; con los labios resecos; la ropa mojada en sudor; sus piernas rogaban por descansar y se encontraban llenas de suciedad; además su largo cabello rubio estaba desordenado y pegado a su cara.

          Caminó dolorosamente todo lo que había recorrido. Sufriendo todo lo que había disfrutado. Siguió con pasos tardíos y pesados; temblando de frío a pesar de que su sangre estaba hirviendo. Se sintió miserable al pensar que, cuando llegara desde donde había empezado, ahí estaría Emerick, echándole en cara que había perdido y tocaría un orgiástico acorde que le recordaría que nunca sería libre, que nunca podría huir de él y que nunca dejaría de ser solamente su muñeca y, como tal, viviría con sus hermosos vestidos dentro de enormes mansiones y castillos de los que nunca saldría si Emerick no estaba cerca de ella. 
          De repente, pensó en detenerse con la esperanza de que sintiera como su tobillo era lentamente liberado, pero eso no ocurrió y él hizo que cayera, esta vez sobre su destrozada espalda, de nuevo haciendo que sus piernas le recordaran a Iride la agonía en la que se encontraban, pues su sangre ya se había mezclado con la tierra y sus vulnerables heridas no podrían sobrellevar su dolor por mucho tiempo. Miró el enorme cielo con nubes grisáceas que amagaban a Iride con dejar caer sobre ella una helada tormenta y sintió el tibió líquido que salía de sus ojos cuando los cerraba. Débilmente trató de quitarse la suciedad de sus adoloridas rodillas pero se detuvo de inmediato al sentir un dolor intenso en sus manos y notó cómo éstas tenían numerosos rasguños con pedazos de madera enterrados en ellas. Intentó ponerse de pie y tratar de humedecer sus labios ausentes de color, por lo menos unos cuantos segundos más. El bosque se veía infinito y ella se culpó a sí misma de no haber corrido más rápido en los últimos momentos, de ser tan débil, tan torpe, de haber aceptado el reto de Emerick y no haber buscado una forma más inteligente de liberarse. Comenzó a llorar más visiblemente con lágrimas pintadas de negro del escaso maquillaje en sus ojos, mientras su garganta absorbía la escasa saliva que su cuerpo en esas condiciones podía producir e intentó seguir. Haciendo tanto esfuerzo, no pudo evitar desmayarse y, ante esto, Emerick liberó su tobillo y apareció frente a ella convirtiéndose en una gran parvada de oscuros córvidos españoles, que rodeó todos los tupidos árboles alrededor de Iride. Cuando se materializó en una imponente figura humana, miró a Iride como si analizara una carta escrita en un idioma que él no conocía pero que estaba obligado a entender. 
          —Es una lástima —dijo acercándose a mirar cuidadosamente la figura inconsciente de Iride.
          Él miró con impecable precisión a Iride; su cara manchada de maquillaje corrido y tierra; su sangre contaminada; montones de arañazos en sus manos con dolorosas astillas incrustadas; notorios y amplios moretones; su mal olor mezclado con el escaso perfume de su ropa; su gastado vestido que parecía un trapo que estaba a punto de tirarse a la basura; sus ojos hinchados y enrojecidos; labios que parecían hechos de áspera arena y sus piernas que ahora no eran más que una antiestética mezcla de colores y texturas que sólo el más neurótico pintor pudiera igualar. Todo esto hizo a Emerick apartar la vista sintiendo escalofríos. Tocó una cuerda en tono de Re menor y cuando el sonido cesó, volvió a tocar tristemente y se alejó se Iride. Ella aún en su inconsciencia, sentía como él se alejaba. Pero aún escuchaba como el sonido de la guitarra no se alejaba, escuchaba los pasos de Emerick distanciándose pero la melodía seguía cerca de ella hasta casi ahogarla entre largos acordes y silencios estrechos. 
          Varias horas después, el cielo se pintó de negro y la tímida luna se ocultó detrás de las nubes. Una helada corriente de aire azotó a Iride y al abrir sus ojos notó que todas sus heridas estaban sanadas y ni siquiera tenía cicatrices; sus zapatos parecían nuevos, su vestido estaba limpio y totalmente arreglado; su cara volvía a estar impecablemente maquillada; su cabello volvía a estar desenredado y ordenado; y su piel estaba seca y limpia. Se levantó confundida y miró entre la oscuridad a Emerick avanzando con su sádico instrumento.
          —Te lo dije —sentenció él, volviendo a tocar un molesto acorde que lo hacía sentirse imperturbable.
          Iride sólo bajó la mirada y sonrió.
          —Apuesto a que puedo tocar esa guitarra mejor que tú.
      —¡No me hagas reír! —exclamó y detuvo todo movimiento, riendo intensamente ante una afirmación tan estúpida para él.
          —¿Temes mis habilidades? —preguntó ella audazmente.
          Emerick alzó una ceja muy ofendido y le acercó la guitarra agresivamente, casi golpeando a Iride, pero ella la tomó rápidamente y de inmediato pasó sus delicados dedos por encima de las cuerdas.
          —Empieza a correr, anda, corre. —dijo Iride mientras Emerick observaba horrorizado como el vestido de ella se teñía de un color tan oscuro como el de la guitarra y lo miraba malignamente mientras que la oscura ropa de él se volvía cada vez más y más blanca hasta tener exactamente el mismo color que tenía el vestido de ella.
          —Esta vez te daré una hora de ventaja —añadió.
          Iride rasgueó las cuerdas sin piedad y daba atinados golpes en el cuerpo de la guitarra que complementaban su casi inhumana interpretación. Tronó sus dedos rápidamente para después volver a crear sonidos que sabía que harían a Emerick retorcerse de dolor ante la armonía de su propio instrumento. Él estaba a punto de romper en llanto ante lo que estaba pasando frente a sus oscuros ojos; su obra maestra se había revelado y ahora tenía el poder de vengarse. El desgarrador sonido lo obligó a huir desesperadamente entre el tenebroso bosque aunque sabía que sería inútil. Dejó caer su sombrero y cambió de dirección en incontables ocasiones, mientras Iride solamente se sentó a tocar ferozmente y a mirar el reloj plateado que antes fue de Emerick para revisar rápidamente la hora. Tomó el sombrero de él, que se volvió totalmente de color negro al tocarlo y lo puso encima de su rubio cabello.
          —Si en ese tiempo no hago que vuelvas, eres libre —dijo finalmente saboreando su propio éxito.

FIN

1 comentario:

  1. Compañera, me parece muy creativo de tu parte el cuento que elaboraste, además, tiene un contenido interesante y un juego de palabras y frases bastante coherentes.

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